Petit comité

QUE LA VERGÜENZA CAMBIE DE BANDO

“La fachada es sólida, pero por dentro es un campo en ruinas…”
Giséle Pélicot

Quiero que tomes un momento para imaginar el horror de dormir, comer y compartir vida con el hombre que desde hace diez años ha contactado a aproximadamente 83 hombres para que te violen mientras estás profundamente sedada por somníferos que te ha puesto en la cena desde que tenías 57 años.
Lo ignoras, ni siquiera sabes que estás en páginas de pornografía, no sabes que estás siendo violada por las noches, no sabes ni siquiera que el señor que vende bicicletas y es amable en saludo, es tu violador frecuente… y es que se revuelve el estómago de escribirlo, ¿te imaginas vivirlo?

Giséle es una mujer francesa que ha estado casada con Dominique Pélicot por más de cinco décadas, lo consideraba el esposo perfecto con quien tuvo tres hijos y en quien confió su vida… hasta hace 4 años que descubrió el horror antes descrito, su esposo, la drogaba y le ofrecía a hombres de su comunidad, una comunidad de aproximadamente 6 mil habitantes, que asistieran a violar a su esposa mientras ella estaba profundamente anestesiada, en lo que sucedía ésto él grababa los actos, grabaciones que después eran difundidas en grupos y páginas de material pornográfico, para que como si no fuera suficiente, otros hombres fueran testigos del horror, un “trofeo” ofrecido.

El caso de Giséle es aberrante, es indescriptible… es mayúsculo. Y quisiera no centrarme en el horror de lo que Giséle vivió durante por lo menos diez años… quiero centrarme en los pactos de silencio que otorgaron la comodidad del escenario atroz.

Hasta el momento, de los 83 hombres que aparecen en los videos que Dominique grabó y publicó han sido identificados 51 de éstos, todos hombres de rangos de edad de 27 a 74 años, todos vecinos de la misma comunidad de Giséle, todos hombres “normales”, todos hombres funcionales, con empleos, con familias, con vidas bastantes fuera de lo extraordinario, todos violadores, uno de ellos con VIH, otro de ellos con herpes y otros con otras enfermedades venéreas, mismas que le fueron contagiadas a Giséle y que ningún trabajador de la salud en Francia fue capaz de detectarle, ni uno solo, porque cuando hablamos de sistema patriarcal justo a esto nos referimos; Giséle fue con dolores continuos, con mareos, con cansancio extremo, con enfermedades de transmisión sexual continúas, con señales de abuso físico y nadie, absolutamente nadie fue capaz de reconocerla que estaba viviendo una situación insólita.

De los hasta ahorita 51 violadores identificados, ninguno solo fue capaz de acudir a las autoridades y denunciar el hecho, nadie de ellos fue capaz de no cometer el acto al ver a una mujer totalmente inconsciente de lo que sucedía, el silencio mutilante, ensordecedor, de no sólo ser parte de este crimen, sino también perpetuarlo en completo silencio.

Y justo ese silencio es el que permitió que Giséle no entendiera porque tenía tanto dolor físico, ese silencio fue el que la mantuvo en la sombra de un crimen que el pacto patriarcal cometió por poco más de una década.

¿Cómo pudo una mujer sufrir en completa ignorancia? Sencillo, nadie se cree victimario hasta que lo expones, hasta que lo señalas, hasta que la vergüenza lo alcanza… y justo Giséle fue lo que hizo, a pesar de querer al inicio que se mantuviera un juicio cerrado decidió de manera valiente, portentosa y magnánima en hacerlo público, que sean expuestos los rostros de los violadores, sus nombres, que los conozcan, que la vergüenza los alcance.

Porque cuando hablamos de pactos, el que más nos lacera es el patriarcal, el que es testigo, parte, cómplice de los múltiples actos atroces que cometen en contra de nosotras, porque Giséle fue anestesiada por diez años con medidas exactas que le eran recetadas por un médico que también era parte de las violaciones repetidas…

El reto es este; que los silencios no nos sigan alcanzando, que los silencios no nos mantengan en gritos desesperados de ayuda que ni siquiera sabemos que necesitamos, que el silencio no nos siga manteniendo en la sombra de la vergüenza, porque tal como la finalidad y el dolor de Giséle lo exige, la vergüenza no debe estar más a cargo de las víctimas, no debe seguirlas relegando a la sombra del dolor, de la humillación y de las preguntas sanguinarias de siempre, la vergüenza no debe ser más de nosotras sino de ellos.

Que se termine el silencio de los pactos que nos tienen en un sistema patriarcal que nos viola, nos mata y humilla, la vergüenza no debe posar sobre nuestra dignidad, por primera vez y de manera histórica, la vergüenza debe cambiar de bando.

Vamos juntas con la voz y con la palabra.
Mariana Román